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Bolivia: nueva estructura del poder
Démocratie et représentation
Écrit par Gustavo Fernandez   
Lundi, 03 Décembre 2007 01:00

Este artículo parte de tres hipótesis y llega a una conclusión: La primera, que la estructura productiva, la organización del espacio económico, el sistema de poder y el proceso de desarrollo boliviano, son el resultado de la interacción de factores internos y externos. La segunda, que la forma como el país se articula con el mundo influye en gran medida en el modo en el que se estructura internamente. La tercera, que las líneas de articulación de Bolivia con el mundo, en el principio del siglo XXI, se han modificado sustantivamente y que, en esa medida, también se han alterado, desde la raíz, las bases de la organización interna; regional, económica y política.

 

Asumo como corolario de esa ruptura con el pasado, que no existe, por el momento, un núcleo claro de cohesión nacional y que esa circunstancia explica el momento de confusión y desorden que vive la República.

 

El papel de La Paz.


Hasta hace apenas veinte años, durante cuatro siglos, la minería -primero de la plata y luego del estaño-fue el modo dominante de producción en el territorio de la Audiencia de Charcas y en la República deBolivia. El punto en el que ese ciclo comenzó a declinar se puede situar en la crisis mundial de lasmaterias primas y en el colapso del mercado del "metal del diablo", en 1984. Es pertinente subrayar que toda la estructura productiva de la Colonia y de la República estuvo subordinada a ese modo de producción. La agricultura, la industria, el comercio, la infraestructura, los sistemas de transporte, las ciudades, se desarrollaron en función de la minería andina.


Ese modo de producción condicionó la organización del espacio económico y político. Durante la Colonia se estructuró en torno al eje Potosí-Lima, entre el centro de producción y la sede del poder virreinal. En la República, La Paz ocupó el lugar de Lima. Retuvo el excedente nacional minero y se afirmó como el núcleo político del espacio económico que se estructuró a partir de la minería de Potosí y Oruro. La calidad de sede de gobierno fue, para La Paz, la confirmación de su posicionamiento como eje de articulación del espacio económico y como centro de poder económico. No fue al revés. No es que su función en el ciclo minero fuera el resultado de la instalación de la autoridad ejecutiva y legislativa en esta ciudad.


El poder que La Paz tuvo derivó esencialmente de su ubicación geográfica, en la ruta que la plata y el estaño debían seguir para llegar al puerto de Arica, en el Pacífico. Era el puente de conexión con el mundo y ocupó un papel central en el circuito comercial y productivo que giró en torno a la minería. No tuvo agricultura de exportación ni actividad extractiva propia y significativa. La agricultura de la coca se dirigía al mercado interno. Tampoco florecieron actividades manufactureras de exportación, hasta muy poco tiempo, cuando se desarrolló la orfebrería y la maquila textil, en El Alto, aprovechando las facilidades que ofrece el ATPDEA, para el acceso al mercado norteamericano. No hay que olvidar el origen histórico de las poblaciones del Ande boliviano. Tiwanaku fue capital de una de las primeras civilizaciones del Continente y los señoríos aymaras del Kollasuyo jugaron rol importante en el Imperio Incaico. La suma de estos factores hizo de La Paz el eje articulador del espacio económico nacional y núcleo de cohesión nacional.

 

Cambio en la estructura productiva y demográfica.


Las cosas han cambiado. Se ha desarrollado un eje agrícola en el Oriente, de exportación de madera, ganadería, soya y, muy pronto, de etanol. Es un polo exportador. A diferencia de la agricultura del pasado, la del Oriente no está subordinada a la minería. Tiene su propia dinámica, su propia lógica y su propia proyección. Este polo es parte de uno de los espacios agrícolas más dinámicos del planeta: el que gira en torno a la zona centro sur de Brasil: desde Goias a Campo Grande. De una región que surgió tras el desplazamiento del eje geopolítico del Brasil hacia el interior -con la fundación de Brasilia-y que se ha convertido en uno de los centros de mayor dinamismo del mundo. Está en camino de superar la importancia del antiguo eje agrícola de la pampa argentina, el sur brasileño y Uruguay. La zona productora del Oriente boliviano está ligada a ese centro de producción. Forma parte y se beneficia de este espacio, cuyo eje se encuentra en Brasil. Abre para el país una nueva línea de orientación geopolítica, hacia el Atlántico.

 

A ese dato se agrega el del gas. Todos sabemos el potencial del gas. Baste para ilustrar su importancia lo que el Presidente de Repsol decía al Rey de España: "las reservas de gas de Tarija servirían para atender toda la demanda de energía de España por los próximos cien años". Ese polo gasífero --que será sin duda el nuevo modo de producción dominante del país-- mira también en la dirección de la cuenca del Plata, del Atlántico. Agréguese el centro siderúrgico del Mutún, en las orillas del Río Paraguay y se tendrá una imagen más completa de la magnitud del cambio del eje productivo nacional. Así pues, el eje económico de Bolivia ha cambiado. En 1980, el Occidente de Oruro Potosí y La Paz exportaba el 70 por ciento del total nacional en minería y productos no tradicionales; el restante 30 por ciento provenía de lo que hoy conocemos como la "media luna". Para el año 2006, esa relación se ha invertido: la "media luna" exporta el 70 por ciento y Occidente el 30 por ciento.


La exportación per cápita de la media luna es de 1.100 dólares, la del occidente de 323 dólares. Este cambio del eje económico se replica en las redes de transportes y comunicaciones. Por Puerto Aguirre, en la hidrovía sobre el Río Paraguay, se exportó el 2003 el 42 por ciento del total de comercio exterior boliviano, equivalente a la suma de la carga de Arica y Matarani, los dos puertos principales del Pacífico. Si se agregan las ventas de gas a través de los gasoductos al Brasil y la Argentina, la proporción de las exportaciones bolivianas por el Atlántico será todavía más alta. Por cierto, Viru Viru, en Santa Cruz, es el principal aeropuerto de Bolivia.

 

Es decir, el eje de articulación externa cambió de dirección.


La pauta demográfica también se ha modificado. La participación del eje minero Potosí-Oruro-Chuquisaca, en el total de la población nacional, se redujo de 35 por ciento en 1950 al 18 por ciento, el año 2001. En cambio, la participación del Oriente creció de 9 a 25 por ciento, en el mismo periodo.  La participación del departamento de La Paz en el total nacional, ha caído ligeramente del 31,5 por ciento a 28,4 por ciento, en el mismo periodo. Pero se reduce la diferencia de La Paz con Santa Cruz. En 1950, La Paz representaba el 31,5 por ciento del total nacional y Santa Cruz el 9 por ciento. En el Censo del 2001, la población de ambos Departamentos está virtualmente empatada, La Paz con el 28,4 por ciento y Santa Cruz con 25,6 por ciento del total. Entre tanto que Cochabamba se mantiene entre 16 y 17 por ciento.

 

Potosí y Santa Cruz son los dos extremos del flujo migratorio: uno cae y el otro sube. La gente se movió de los centros mineros de los andes a las zonas agrícolas de las tierras bajas.  En este tiempo se formó el eje central de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, que congrega al 70 por ciento de la población nacional. Las aglomeraciones urbanas de La Paz, El Alto, Cochabamba, Quillacollo, Sacaba, Santa Cruz, Montero, Warnes, suman el 42 por ciento del total nacional. La minería andina -recuperada luego de un largo momento de declinación-- sigue siendo un componente importante del desarrollo, pero ya no es el polo productivo dominante. Ya no define la forma como se articula el espacio económico ni concentra el excedente económico nacional. En consecuencia, La Paz pierde también poder político. Y, de esta manera, con el fin del ciclo dominante de la minería, en poco más de dos décadas, se modifica la estructura geopolítica de cuatro siglos.


En el conjunto, esos cambios fortalecieron y diversificaron la estructura productiva y exportadora nacional, en una escala y con una velocidad que los hombres de mi generación no creíamos posible. No sólo fue la mejora de los precios de los minerales, sino la ampliación de la frontera económica a la agricultura, el gas y la siderurgia. Las exportaciones se triplicaron en menos de un quinquenio y, junto a las remesas de los inmigrantes, multiplicaron los flujos de ingresos en divisas. De una economía de mil doscientos millones de dólares de ventas al exterior, pasamos a otra de cuatro mil y a nadie le debe extrañar que llegue a los nueve o diez mil millones, en condiciones apropiadas. Es otro país. En tamaño económico, en la diversificación de la base productiva, en la ocupación del territorio.

 

Cambios en la estructura de poder.


Esos cambios produjeron cambios sustantivos en la superestructura social y política del país. Generaron la demanda de autonomía departamental en Santa Cruz, que buscaba - y busca -- la retención en origen de la mayor parte del excedente agrícola y petrolero, con el argumento que no debía repetirse la experiencia de Potosí, generadora de recursos que beneficiaron a otros departamentos. Presionó y obtuvo la elección de Prefectos departamentales por voto directo y la aprobación del régimen de autonomías en Referendo nacional.

 

El poder central resistió cuanto pudo ese cambio y cuando colapsó la estructura política tradicional, la rebelión aymara tomó la posta, en nombre de la unidad nacional, como una forma de contener el desplazamiento del eje económico y demográfico del país hacia el oriente de la República. En esa perspectiva, la "nacionalización" del gas puede verse como un intento de recuperar el control de la comercialización y del excedente del gas para el centro del poder político, que está aún en La Paz, sustrayéndolo de las regiones y de las transnacionales. Esta alteración en el modo de articulación de los espacios económicos en el país, del peso demográfico y del poder económico, ha creado una severa tensión entre el poder central y los poderes regionales, cuya última manifestación es el pedido de traslado de las instituciones republicanas a Sucre, la capital histórica.

 

Esta tensión será el rasgo dominante del sistema social y político del país, durante los próximos años. La lucha política es por el control del excedente gasífero y agrícola. La lealtad con la región es más fuerte que la lealtad nacional o la lealtad ideológica. Lo vemos todos los días y cada vez con más fuerza. Colapsan los partidos tradicionales (ADN, MIR y MNR) y se fragmenta y destruye el sistema político nacional. Se pone en discusión la condición de núcleo de articulación nacional de La Paz. Y cuando el MAS se alinea detrás de la insurgencia aymara y desencadena el cerco de las ciudades de los valles (Cochabamba y Sucre) por los movimientos campesinos, provoca un nuevo escenario de confrontación entre campo y ciudad y pierde la oportunidad de llenar el vacío que dejaron los viejos partidos. Se convierte en parte del problema, no de la solución. Es en ese molde regional o regionalista que se va estructurar el nuevo pa cto social y el nuevo sistema político.

 

Núcleo de cohesión nacional.


Este país tiene ahora un tamaño distinto, pero como nada es perfecto, llega con un problema extremadamente serio: se ha roto el núcleo de cohesión nacional. La expansión económica, la apertura de nuevas fronteras de desarrollo y el establecimiento de nuevos centros de poder, ha generado desorden y confusión y provocado uno de los momentos de mayor turbulencia política y social de la historia reciente de Bolivia. No sólo falta un partido nacional, sino un núcleo de intereses convergentes. Los tres ejes o polos económicos, se inclinan en direcciones diferentes. El polo agroindustrial se orienta al mercado mundial a través del Brasil y la Cuenca del Plata, por medio de Puerto Aguirre y la hidrovía. El gas natural, con sus reservas ubicadas en Tarija, en la frontera boliviana de la Cuenta del Plata, ocupa un lugar crítico en el abastecimiento energético del polo industrial que forman el Brasil, Argentina y Chile, en el cono sur. La minería, a su vez, sigue mirando hacia el otro lado, al del Pacífico, con excepción de la siderurgia del Mutún que también saldrá al mercado mundial por la vía del Atlántico.

 

Es un país de tres polos económicos -gasífero, minero y agroindustrial-- y un eje demográfico, resultado del acoplamiento de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz (Tarija tardará mucho tiempo para aproximarse a la densidad poblacional del eje central). Si se mira el mapa, esos tres ejes económicos se orientan en distintas direcciones, sin un punto o un lazo que los una dentro del territorio nacional.Esos intereses no tienen un punto de convergencia, un lugar económico o político en el que se encuentren dentro del país. El núcleo de cohesión nacional que giró en torno de La Paz desde la Independencia, ya no existe más. Este es el problema mayor que confronta Bolivia al comenzar el siglo XXI. Debe agregarse otra consideración a este cuadro de inquietudes. Los factores externos no contribuirán a la formación del núcleo de cohesión nacional. Por el contrario.


Argentina hará lo imposible, como es lógico, por incorporar a Tarija en su órbita de influencia directa. Tiene que hacerlo en su propio interés y para tratar de privar al Brasil del gas boliviano o, por lo menos, para que Brasil pague peaje a la Argentina para contar con este recurso. La proyección tecnológica y económica del mercado de Brasil, por su parte, ya se siente en el polo agroindustrial de Santa Cruz. Y los países andinos -por mucho que su importancia relativa ya no sea comparable a la de Brasil y Argentina--, continuarán viendo al occidente boliviano como la frontera natural de proyección de sus intereses. La conclusión lógica del razonamiento precedente es que la tarea principal del país es crear ese núcleo de cohesión, articular el nuevo polo gasífero del sur con los polos minero y agrícola, unir Tarija al eje central. Y éste no es un asunto retórico, que se resuelva con discursos y declaraciones de buenas intenciones. Eso implica alcanzar un nuevo contrato social, un nuevo pacto regional, un nuevo equilibrio de poder.

 

La pregunta es ¿cómo lo logramos?


Hay que decir de entrada que ya no es por la fuerza. La Paz ya no tiene capacidad para imponer su voluntad al resto del país; ni en términos demográficos ni económicos ni políticos. La solución, por tanto, no pasa por la reposición del antiguo eje minero de cohesión, por medio de la fuerza. Eso es lo que se está probando en estos mismos días, en el conflicto por la sede de gobierno. De hecho, la reacción de la mayoría de los departamentos en esta controversia es una forma de mandar un mensaje a La Paz. No tiene tanto que ver con el propio traslado de los poderes a Sucre, sino la necesidad de que La Paz comprenda que se modificó el equilibrio que reguló tanto tiempo la vida de la República. Debe afirmarse con el mismo énfasis, que los otros poderes regionales tampoco tienen la capacidad de imposición; ni Tarija ni Santa Cruz pueden someter a su voluntad al resto del país, como pudo hacerlo La Paz en la guerra civil de hace un siglo.

 

En suma, el país necesita de un núcleo de cohesión dominante, de articulación central de tres fuerzas que por primera vez en la historia del país se abren en direcciones diferentes. Ese vacío puede ser llenado y debería ser llenado por la negociación, con un papel muy activo de los poderes regionales. La identificación precisa de sus intereses y su compatibilidad con los intereses nacionales permanentes, es el primer paso de ese proceso de clarificación.

 

La Paz, agosto, 2007